Era una historia, de esas que no podía contar, una historia entretejida en hileras de cristal, algo que para mi no era normal y de esos amargos cuentos que no tienen un gran final, una tarde de agosto, cuando el sol titilaba mucho más y las sombras de los bejucos no saben donde anidar, un día en que decidí comenzar a llenar de nuevo de historias el portal, con cada palabra oída, cada letra cocida en almíbar de limonal.
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